Ana María Andaluz Romanillos: “Para Kant, el fenómeno de lo bello no nos habla del objeto, nos habla de nosotros mismos”

Profundizar en cuestiones filosóficas y kantianas en el marco del V Centenario de la Escuela de Salamanca con la catedrática en Filosofía Ana María Andaluz Romanillos es una auténtica delicia. Sus más de cuatro décadas dedicada a la docencia en la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA) y sus tareas al frente de la prestigiosa revista ‘Cuadernos Salmantinos de Filosofía’, no solo ayudan a tener una visión global de los grandes pensadores, sino a entender los problemas estructurales a los que se enfrenta la sociedad actual. Convencida de la importancia de un orden legal internacional y cosmopolita, Romanillos confiesa que, precisamente, el ámbito del Derecho hubiera sido su especialidad si no se hubiera dedicado profesionalmente a la filosofía, especialmente porque lo percibe como un “regulador de la libertad ante situaciones de abuso de poder”. Natural de Barcones (Soria), detesta la mentira y la envidia –“corrosiva y destructiva, respectivamente”, indica– y ordena sus ideas a través de largas caminatas a paso ligero. Todo ello sin dejar de lado los planes familiares y su afición a disfrutar del placer de tener cerca un buen libro de lectura.

Pregunta (P): Su tesis doctoral analizó ‘La finalidad de la naturaleza en la Crítica del Juicio de Kant’, ¿qué cuestiones siguen vigentes en la actualidad? 

Respuesta (R): La tesis se defendió en 1990 y sigue vigente, tanto en lo que se refiere al contenido tratado en ella, como en lo que concierne a la Crítica del Juicio, la tercera de las Críticas; y ello, por tres motivos fundamentalmente: el primero es la importancia misma del tema; el segundo, porque muchas de las cuestiones abordadas siguen abiertas y el tercer motivo, por el estatuto epistemológico que Kant otorgó a la finalidad de la naturaleza.

 

En cuanto a la importancia del tema, la cuestión que está en juego es la de la conciliación del mundo de la ciencia con los intereses espirituales de los hombres. Kant consideró que, desde la ciencia, desde la filosofía teórica, no podemos poner el fundamento de la finalidad de la naturaleza en una causa trascendente, pero sí pensar la naturaleza como si hubiera sido hecha según una causalidad final. Por eso, el estatuto epistemológico que confiere al principio de la finalidad no es un estatuto explicativo -constitutivo, como dice él-, sino que es una hipótesis de investigación, es decir, tiene solo un valor regulativo.

 

Por el camino de los fines (no solo físicos, sino ante todo morales), Kant piensa el mundo como producto de un creador inteligente, que tiene como fundamento de determinación el orden moral. Pero aquí se está situando en el plano de la ética, que en Kant conduce a la religión. En esta perspectiva, estoy convencida de que la ciencia tiene que mantenerse dentro de sus límites; lo que cabe establecer es una armonía, y este aspecto es el que Kant intentó fundamentar desde su tercera Crítica: los seres vivos tienen una organización interna tal, que pone de relieve la insuficiencia del mecanismo natural para dar cuenta de los mismos; es esa insuficiencia la que legitima pensarlos según el enlace de los fines.

 

De manera que podemos decir que la naturaleza presenta ciertas trazas de conformidad a fin. Esto es crucial desde el punto de vista de los intereses de la razón práctico-moral; pues, si se añade el fenómeno de lo bello y el de la cultura, cabe pensar en una concordancia posible con los fines morales. Por lo tanto, lo que se establece es una armonía entre los diversos usos de la razón, asunto que he tratado en otro de mis libros -el cual, de alguna manera, es la continuación de la tesis y está publicado en la UPSA-; se titula Las armonías de la razón en Kant. Libertad, sentimiento de lo bello y teleología de la naturaleza.

 

Es pensable, por tanto, una armonía entre la razón teórica y la razón práctica. Es decir, la ciencia tiene que mantenerse dentro de sus límites, pero sí se puede poner de relieve, filosóficamente hablando, una cierta armonía entre el mundo de la ciencia y el mundo de la razón moral. Esta es una de las razones por las que me parece que lo tratado en mi tesis sigue vigente.

 

(P): ¿Y con respecto a la doctrina kantiana de la finalidad?

(R): La cuestión de la finalidad es indiscutible en el ámbito de la acción humana, porque es obvio que la acción racional tiene lugar con vistas a fines. Entonces, la finalidad es indudable en el ámbito de la ética.

 

En cambio, es mucho más problemática en el ámbito de la naturaleza. En la filosofía moderna el concepto de una finalidad de la naturaleza sufre una cierta crisis, pero no es completa porque hay autores que se dan cuenta de que existen ámbitos en la naturaleza que no pueden ser comprendidos solo desde la causalidad eficiente. Y aquí se situaría Kant. Él defendía un mecanicismo natural, incluso un determinismo, en el ámbito del conocimiento científico de la naturaleza; pero, aun así, se dio cuenta de que hay ámbitos en la naturaleza sensible donde la explicación meramente mecánica no es suficiente. Por ello, en el terreno del mundo sensible, legitimó la finalidad de la naturaleza en dos ámbitos: el de los seres organizados de la naturaleza, los seres vivos, y el campo de la estética.

 

(P): ¿Qué influencias destacaría de Kant en las teorías del s. XX?

(R): Quedan, desde luego, algunas cuestiones abiertas. Es verdad que después de Kant, en los siglos XIX y XX, han surgido teorías que han intentado explicar todo según causas mecánicas.

 

En esta línea, actualmente son aceptadas la teoría evolucionista y la genetista.  Pero hay algo paradójico dentro del ámbito de la teoría evolucionista, ya que se utilizan expresiones que son de carácter finalista. La expresión, ‘adaptación’, por ejemplo, es de carácter finalista; también, la de ‘función’. La misma expresión ‘utilidad’ es de carácter finalista. Y otras expresiones más específicas, como puede ser el concepto de ‘finalidad sin fin’. Este concepto es central en la Crítica del Juicio de Kant; es el tipo de finalidad propia de los fenómenos estéticos. Y ‘finalidad sin fin’ aparece en la teoría evolucionista, para indicar una finalidad sin un plan o idea previa.  

 

Además, está también la noción de ‘finalidad interna’, que alude a la idea de sistema u organización, a la unidad de las partes con el todo; es justamente la noción de finalidad que Kant defiende en el terreno de los seres organizados o los fenómenos biológicos de la naturaleza. En otras teorías que aparecen en el siglo XX (por ejemplo, la teoría del principio antrópico o la llamada teleonomía o la teoría del diseño) es también perceptible un cierto sabor a fines, si bien toman expresamente distancia respecto a la teleología. Es lógico que no se ponga el fundamento de la finalidad en una causalidad trascendente, ya que eso es salirse de los límites de la ciencia. 

 

Sin embargo, son cuestiones que quedan abiertas. Es difícil aceptar que el azar y la selección natural son las explicaciones últimas. 

 

Independientemente de la cuestión de la finalidad, la influencia de Kant en el siglo XX es indiscutible; sin ir más lejos, está presente en la teoría de la acción comunicativa de Habermas -que acaba de dejarnos- y de Apel, aunque sea un Kant transformado, en el sentido del giro lingüístico de la filosofía del siglo XX. 

 

(P): Uno de los capítulos de su tesis está dedicado a destacar las repercusiones teóricas de la teoría kantiana de lo bello. ¿Dedicamos poco espacio a valorar y contemplar lo bello? ¿Qué idea nos puede aportar sobre este concepto? 

(R): Yo creo que dedicamos poco espacio a contemplar lo bello, porque la contemplación estética no casa bien con las urgencias y las prisas de la vida diaria; por otro lado, quizá no somos conscientes del inmenso significado que tiene el sentimiento de lo bello. Y aquí Kant, -y así lo traté en la tesis y en libro que ya he comentado-, nos enseña bastante. Para él, aunque parezca paradójico, el fenómeno de lo bello no nos habla del objeto, nos habla de nosotros mismos, nos habla del sujeto. En este sentido, se pueden destacar dos características. 

 

Una de ellas es que el sentimiento de lo bello es desinteresado, entendiendo por interés la satisfacción que unimos a la existencia del objeto. En este caso, lo que sucede en el sentimiento de lo bello es que algo nos place independientemente de que exista o independientemente de que sea nuestro. Somos capaces de sentir la belleza de una flor, la belleza de una obra de arte, independientemente de que esa obra sea nuestra, independientemente de que esa flor exista. ¿Esto qué quiere decir? ¿Qué nos enseña? Quiere decir que el ser humano tiene la capacidad de ponerse por encima de sus necesidades físicas. El sentimiento de lo bello es específico de los hombres, seres sensibles y, al mismo tiempo, racionales. Los animales sienten lo agradable; pero, parece, que no lo bello. 

 

Otro aspecto fundamental es lo que Kant llama ‘la universal comunicabilidad de lo bello’, una pretensión de universalidad que no descansa en conceptos, a diferencia del conocimiento. Lo que pone de manifiesto esta pretensión es una capacidad del hombre para sobreponerse a sus intereses particulares, egoístas, y ponerse en el punto de vista de todos los demás; lo que Kant llama sensus communis.

 

Todo ello, es decir, la experiencia de lo bello, pone de relieve una originalidad del hombre en la naturaleza. 

 

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(P): Este año se cumple el V Centenario de la Escuela de Salamanca. Bajo su punto de vista, ¿qué dilemas contemporáneos se siguen debatiendo 500 años después?

(R): El legado de la Escuela de Salamanca es increíble. Es innegable en distintos ámbitos, como la Teología, la Economía, el Derecho o la Política.

 

Yo he trabajado en la idea de un orden, de una comunidad universal humana, que se remontaría al concepto del totus orbis de Francisco de Vitoria. He estudiado esto, no con relación a Francisco de Vitoria, pues no soy especialista en la Escuela de Salamanca, pero sí en relación con la idea kantiana de la paz perpetua y su recepción por el filósofo alemán Habermas. Precisamente, está punto de salir un trabajo mío sobre ello en un libro colectivo, en la Editorial Olms. 

 

La idea de un totus orbis es la idea de una comunidad universal de pueblos y de hombres, basada en el derecho internacional y, ante todo, en el vínculo común de la dignidad humana, aspecto este muy importante, pues sitúa al ser humano por encima de su pertenencia a un determinado Estado. Es lo que actualmente se conoce más bien como un ‘orden cosmopolita’; y creo que una realización de esa idea es lo que encontramos -o a lo que tienden- los organismos de carácter internacional que surgieron después de las dos guerras mundiales.

 

Es una idea muy fecunda, pero que necesita de muchos retoques y desarrollos, como ha puesto de relieve Habermas. Entre otros muchos aspectos, Habermas reprocha a Kant que no asignara a su ‘federación de pueblos’ un carácter coercitivo; frente a ello, defiende la idea de que se necesita una constitución mundial con carácter coercitivo supraestatal.

 

Este aspecto es muy importante, pues afecta, por ejemplo, a la exigencia de que se cumpla el derecho internacional; igualmente, es fundamental la cuestión planteada por Vitoria de con qué legitimidad se pueden conquistar pueblos, con qué derecho se pueden ocupar territorios ajenos. Parece mentira, pero cinco siglos después esto es de plena actualidad. 

 

 

(P): Usted ha vivido la evolución de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales -antiguamente denominada Facultad de Filosofía- desde que comenzó su andadura en la UPSA, ¿qué aspectos son los que más destacaría de todos estos años?, ¿en qué cualidades ha cambiado el estudiante de Ciencias Humanas y Sociales desde los inicios hasta hoy?

(R): La implantación de los estudios de Filosofía en la UPSA tuvo lugar en el año 1945; yo empecé primero de Filosofía en el curso de 1975-76, -un año importante, por cierto-.

 

La titulación de Filosofía ya llevaba 30 años. Cuando ingresé aquí, coincidió con un momento de apertura, en general, en la Universidad y, en particular, en los estudios de Filosofía. Su enseñanza no estaba basada en un sistema manualístico, sino en el estudio directo de las fuentes y en las investigaciones de los profesores.

 

El modelo de profesor universitario que yo viví en la Facultad de Filosofía era el de un profesor investigador; de manera que la actual expresión de ‘PDI’ no es nueva en cuanto al concepto; hace 40 años ya existía y este estilo se ha seguido manteniendo. 

 

Los profesores que tuve eran magníficos investigadores, muy cercanos y muy competentes filosóficamente; es algo increíble, que me fascinó como estudiante. 

 

Desde el punto de vista del alumnado, creo que el estudiante de Filosofía siempre ha sido vocacional. Obviamente, viene también con expectativas profesionales, pero este carácter vocacional lo estamos viendo más acentuado ahora, cuando precisamente el tipo de alumnado que recibimos en el Grado en Filosofía cuenta ya en la mayoría de los casos con una primera titulación y ejerce una profesión -tenemos personal sanitario, profesionales del Derecho, de la enseñanza, de la Comunicación-; acuden a estos estudios buscando llenar un hueco en su formación.

 

En cuanto a los cambios que se han producido, cabe decir que, además de los comunes a todo el sistema universitario, la Facultad, a lo largo de los años, ha ido incorporado distintas titulaciones, entre las que destacan las eclesiásticas de Bachiller en Filosofía, Licenciatura en Filosofía y Doctorado en Filosofía; también impartió en su día los Grados oficiales en Humanidades y en Filología Bíblica Trilingüe. En estos momentos se imparten el ‘Grado en Filosofía’ (online), con la ‘Mención en Humanidades Digitales’, el ‘Grado en Historia’ (online), el ‘Máster de Formación Permanente en Gobernanza Ética de la Inteligencia Artificial’ (online’) y el ‘Programa de Doctorado en Innovación en Ciencias Sociales’. Sin duda, una innovación destacable ha sido la implantación de la modalidad online de enseñanza. Por otro lado, los profesores seguimos impartiendo en modalidad presencial las materias filosóficas del Bachiller en Teología, de la UPSA. Actualmente, soy la Decana de la Facultad, responsabilidad que desempeñé también hace varios años en dos trienios consecutivos. Desde esta dilatada experiencia, puedo decir que una de las señas de identidad de esta Facultad es su gran capacidad para adaptarse a los cambios. 

 

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(P): Actualmente, dirige la publicación ‘Cuadernos Salmantinos de Filosofía’, revista que en 2024 cumplió 50 años de antigüedad. ¿Cómo está evolucionando la investigación de la Filosofía?, ¿cuál es el secreto para tener una continuidad tan prolongada?

(R): Si me baso en ‘Cuadernos Salmantinos de Filosofía’ y en otras revistas, -porque actualmente el canal de comunicación de la investigación es, sobre todo, las revistas científicas-, diré que hay un aspecto importante de la investigación que consiste en la profundización en los grandes problemas y en los grandes filósofos, y no por un afán repetitivo, sino más bien con una intención hermenéutica. La cuestión o el planteamiento suele ser: ¿qué me dice realmente este filósofo?, ¿cómo se resolvió este problema? y ¿qué nos dice en la actualidad? Este es uno de los grandes intereses, es decir, renovar los grandes problemas y los problemas clásicos con afán de una apropiación actual.

 

Otra parte importantísima consiste en abordar nuevos temas, porque esta es una de las grandes funciones de la Filosofía: hacerse cargo de los problemas del presente; por ejemplo, la inteligencia artificial, el desafío de las neurociencias, la paz mundial, la cuestión de la posverdad…; todas ellas son algunas de las cuestiones que suscitan nuevas investigaciones. 

 

En cuanto a la otra pregunta, efectivamente, ‘Cuadernos Salmantinos de Filosofía’ viene apareciendo desde su fundación en 1974 año tras año y con una alta calidad de los contenidos. Aquí, el fundador de la revista, el profesor Saturnino Álvarez Turienzo, y el profesor que le sucedió, Antonio Pintor Ramos, durante mucho tiempo director de la revista, dejaron su sello. Ellos cuidaron muchísimo la calidad de la revista, que se ganó enseguida el respeto en el mundo filosófico, no solo español, sino también internacional, especialmente latinoamericano.

 

Por mi parte, he intentado seguir la senda de mis dos maestros en este ámbito. Pero últimamente el mantenimiento de una revista se ha complicado, porque hay muchas y los criterios de la calidad de las revistas científicas son complejos y muy exigentes. En este sentido, ha sido decisiva la inclusión de la revista en la base de datos internacional SCOPUS desde 2017. 

 

(P): ¿Qué consejo le daría a un estudiante que está pensando en cursar alguno de los Grados de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales? 

 

(R): Le diría los estudios de Filosofía son muy necesarios para la sociedad. La sociedad necesita personas capaces de pensar por sí mismas, de pensar más allá de los tópicos, de lo que se dice, de lo que se hace. Igualmente, los estudios de Historia son un gran beneficio para la sociedad; necesitamos personas con un conocimiento en profundidad de la historia; no es posible conocernos a nosotros mismos como pueblos, tanto a nivel nacional como a nivel global, sin conocer las raíces, la historia. 

 

Además, le diría que ha de sentirse privilegiado si puede dedicarse a este tipo de estudios. Es muy positivo poder invertir tu tiempo en conocer a los grandes autores, a los grandes filósofos, a los grandes problemas; y cada vez me parece más importante conocer la historia. Decía Heidegger que el hombre es su tradición.

 

Pero también le diría otra cosa, porque algunos acuden a estos estudios pensando que van a encontrar recetas y caminos rápidos, y esto no es verdad. Le diría que tiene que tener paciencia, que es un tipo de formación basado en la constancia y en el trabajo diario, que es también un saber distinto de un saber técnico, donde se trata fundamentalmente la adquisición de habilidades.

 

En Filosofía, y también en Historia, se trata de adquirir habilidades, obviamente; pero no solamente eso. Aquí se trata -como muy bien dice Habermas- de dotarnos de motivaciones y estructuras de la personalidad; y esta formación no se adquiere de la noche a la mañana; es más bien un camino.