Gaspar Hernández: “Los Padres de la Iglesia hacen una síntesis muy genuina de la Teología, la pastoral y la espiritualidad”
Nacido en Lanzahíta, una localidad al sur de Ávila, Gaspar Hernández Peludo supo desde niño que su vocación era el sacerdocio. En 2002 se ordenó sacerdote en la Diócesis de Ávila y, desde entonces, su vinculación con su tierra no ha cesado. Profesor de la Facultad de Teología de la Universidad, es experto en Patrología y Teología de los Sacramentos. Además de su actividad docente, es Rector del Teologado de Ávila y, como sacerdote, colabora con varias parroquias de provincia. Disfruta de la música y de la montaña y asegura que detesta la inautenticidad, la falsedad. Por el contrario, es defensor de llevar una vida coherente y confiesa que la simpatía es una de las actitudes que más le agradan de las personas. Si tuviera que elegir un Padre de la Iglesia, se decantaría por San Agustín de Hipona y su obra 'Las Confesiones'. Gaspar Hernández asegura que ofrece “un auténtico itinerario de los afectos humanos y de cómo estos se pueden transformar por el amor de Dios”.

Pregunta (P): ¿Qué es la Patrología?
Respuesta (R): La Patrología es la disciplina teológica, pero también histórica y literaria, que se ocupa de los autores cristianos de los primeros siglos, entre los cuales están los Padres de la Iglesia que le dan nombre. Se llama así porque ellos la engendraron con sus enseñanzas y testimonio de vida y, al mismo tiempo, contribuyeron a poner los cimientos de la Iglesia, es decir, la doctrina, la liturgia, la organización de la Iglesia y la forma de vida.
(P): ¿Qué podemos aprender los creyentes del siglo XXI de los primeros cristianos?
(R): Creo que hay muchas lecciones que aprender, pero destacaría algunas. La primera, la frescura de la fe, que nacía en ellos de un encuentro con Cristo muerto y resucitado.
De hecho, San Ignacio de Antioquía, uno de los primeros padres, decía: “Cristo, mi inseparable vivir”. En segundo lugar, podemos aprender la importancia de la vida comunitaria, porque esa fe la vivían en comunidades muy pequeñas, pero muy vivas, en las que experimentaban las nuevas relaciones que generaba el Evangelio de Jesús. Entre ellas y, fundamentalmente, la relación del mandamiento del amor, que es lo que les resultaba atrayente también hacia afuera: “Mirad cómo se aman”, decía Tertuliano.
En tercer lugar, aprendemos de los primeros cristianos la universalidad, es decir, la apertura a todos. Ellos eran conscientes de que la fe y la salvación de Jesús eran para todos y, de esta manera, cancelaban los muros que dividían en la sociedad antigua. San Pablo tiene una frase que ellos retomaban mucho: “Ya no hay ni judío, ni griego, ni esclavo, ni libre, ni hombre, ni mujer. Todos somos uno en Cristo Jesús”. De esa forma, la fe cristiana generaba una nueva forma de sociedad.
Luego, en cuarto lugar, podemos aprender de ellos la coherencia y la radicalidad de la fe, porque esta fe informaba toda su vida y se traducía luego en un comportamiento concreto, en una nueva forma de vivir y de servir, sobre todo, a los más pobres y necesitados.
También podemos aprender la necesidad del diálogo con la cultura. Ellos se esforzaron mucho en confrontarse con la cultura del momento para expresar la novedad del Evangelio en el lenguaje de esa cultura y, al mismo tiempo, transformarla, que sigue siendo un reto hoy.
Y, por último, la esperanza, porque su fe estaba dinamizada por la esperanza en la vida eterna, que era lo que les animaba a afrontarlo todo, incluso el martirio. De ahí, la paciencia de los cristianos en ese momento.
Curiosamente, todas estas razones son las que apuntan los expertos y por las cuales el Cristianismo sobrevivió en el mundo antiguo y se expandió y, creo, que redescubiertas hoy, pueden revitalizar la fe cristiana.
(P): Como experto de la vida de los Padres de la Iglesia, ¿cuál elegiría como ejemplo a seguir?
(R): Me resulta difícil elegir, pero destacaría la figura de San Agustín de Hipona, porque está justo al final de la etapa patrística y al comienzo de una nueva etapa en la historia de la Iglesia. También porque, fundamentalmente, su itinerario, muy cercano al hombre de hoy, fue un itinerario de búsqueda de la verdad y de la felicidad, recorriendo las distintas filosofías y corrientes del momento hasta que se encontró con la fe cristiana. Él, de hecho, nos ha dejado resumido ese itinerario en una obra clásica y preciosa, Las Confesiones.
Ese itinerario se podría resumir así: “No te disipes por lo exterior, entra en ti mismo, porque en el interior del hombre habita la verdad, y desde tu interior ábrete a la trascendencia, pero no a la trascendencia de un dios lejano y sin rostro, sino de un dios que se ha hecho hombre en Jesús, que se ha hecho camino para llevarnos a la otra orilla”.
Creo que sus confesiones ofrecen también al hombre de hoy un mapa, un itinerario de los afectos humanos y de cómo estos se pueden transformar por el amor de Dios.
(P): ¿Cómo calificaría la calidad de los escritos de los Padres de la Iglesia?
(R): Su calidad es excelente. De hecho, ocupan un lugar único e irreemplazable en la historia de la Iglesia y de la Teología. Me atrevería a decir también de la cultura humana y lo ocupan porque hacen una síntesis muy genuina entre la Teología, es decir, pensar a Dios; la pastoral, servir a los demás, y la vida, la espiritualidad, es decir, los padres de la Iglesia fueron teólogos como pastores y por eso su Teología no es nada abstracta, sino muy concreta.
Es muy concreta, desde las situaciones que se encontraban, y pastores, como santos. Por este motivo, cuando se leen sus escritos te tocan también el corazón y no solo la inteligencia. Por ello, esa síntesis tan singular que, luego en la historia de la Iglesia y de la Teología se va a ir rompiendo, los hace especialmente atrayentes hoy.
Uno de los factores que ha renovado la Teología y la vida de la Iglesia contemporánea ha sido volver a las fuentes de los Padres.