María San Gil: “Hay que ser valientes a la hora de defender aquello en lo que creemos”

Decir lo que piensa, caiga quien caiga y sin dejarse condicionar por las encuestas, han sido siempre señas de identidad de María San Gil (San Sebastián, 1965). Su trayectoria quedó marcada para siempre en 1995, cuando ETA asesinó a su amigo, mentor y compañero Gregorio Ordóñez. A partir de entonces, asumió responsabilidades de primera línea: lideró el Partido Popular vasco, afrontó algunos de los años más duros del terrorismo y, tras abandonar la política de partidos, se convirtió en una de las voces más reconocibles de la sociedad civil en defensa de la libertad y la convivencia. Ahora, aquella joven vasca que a los 18 años llegó a Salamanca para estudiar Filología Bíblica Trilingüe regresa a una ciudad y a una Universidad estrechamente ligadas a su biografía para recibir la Medalla de Oro de la Universidad Pontificia de Salamanca. Con ella hablamos de memoria, convivencia, compromiso y de los viejos y nuevos desafíos de nuestra sociedad; también de por qué continúa animando a los jóvenes a defender aquello en lo que creen, sin miedo y con libertad.

Pregunta (P): Recibir la Medalla de Oro de la Universidad Pontificia de Salamanca supone regresar, de algún modo, a la casa en la que se formó como universitaria. ¿Qué sintió cuando recibió la noticia?

 

Respuesta (R): Lo primero fue un sentimiento de absoluta incredulidad. Se daba la circunstancia de que, por esas fechas, el CEU, la universidad en la que trabajo, había concedido su Medalla de Oro a Javier Milei, presidente de Argentina, y mi primer pensamiento fue que debía de tratarse de una confusión; que no podía recibir la misma distinción que un jefe de Estado.

 

Y, por supuesto, sentí una profunda y emocionada gratitud, un sentimiento que sigue embargándome cada vez que pienso en ello.

 

(P): La UPSA ha querido reconocer “su compromiso cívico, mantenido en tiempos especialmente tenebrosos, su reiterada adhesión a los principios morales defendidos por la Iglesia católica y, finalmente, el orgullo con que siempre ha presumido de haber sido alumna de esta Universidad”. ¿Qué significado tiene para usted que ese reconocimiento llegue precisamente de su Universidad?

 

(R): Con la cantidad de estudiantes que han pasado por sus aulas a lo largo de los años, que el Rector Magnífico y la Junta Plenaria de Gobierno consideren que soy merecedora de la Medalla de Oro me sigue pareciendo algo increíble. Me siento profundamente feliz, honrada y orgullosa.

 

 

(P): Salamanca forma parte de la historia personal de muchísimos estudiantes. ¿Qué recuerdos conserva con más cariño de aquellos años?

 

(R): Llegué a Salamanca con 18 años. Era la primera vez que salía de casa para estudiar: una ciudad nueva, amigos nuevos y una carrera nueva. Mis recuerdos no pueden ser mejores.

 

Fueron años de crecimiento personal e intelectual en una ciudad enormemente acogedora. Atravesar cada día la Plaza Mayor camino de la Universidad, encontrarme con la Casa de las Conchas, asistir a clase en los pasillos de la Facultad de Filología Bíblica Trilingüe, las horas compartidas en la cafetería, los compañeros y los profesores... forman parte de un recuerdo imborrable y maravilloso.

 

 

(P): Usted alzó la voz cuando muchos callaban. ¿De dónde nacía esa fortaleza para seguir defendiendo la libertad en tiempos tan difíciles?

 

(R): Sin duda, nacer en el País Vasco imprime carácter. Además, las circunstancias que vivíamos nos impulsaban a rebelarnos contra el silencio y la indiferencia en los que se refugiaba una parte de la sociedad.

 

Tuve la suerte de contar con el ejemplo de Gregorio Ordóñez, un hombre valiente, coherente y honesto. Su testimonio y su compromiso son los que me han animado, en muchas ocasiones, a seguir alzando la voz.

 

 

(P): Su vida cambió profundamente tras el asesinato de su compañero Gregorio Ordóñez, un momento doloroso que marcó también la historia reciente de España. ¿Cómo recuerda hoy a Gregorio y qué cree que sigue enseñándonos su memoria?

 

(R): Creo que Gregorio representa el ejemplo de lo que deberían ser nuestros responsables públicos. Tenía muy clara su vocación de servicio, su compromiso con el bien común y la necesidad de actuar siempre con coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace.

 

Fue también un firme defensor de la democracia frente a la violencia de ETA. Su valentía, su entrega, su trabajo constante y la defensa de sus convicciones, incluso cuando no eran políticamente correctas, son valores que hoy seguimos necesitando y que, en ocasiones, echamos de menos en parte de nuestra clase política.

 

 

(P): En un tiempo de polarización y enfrentamiento, ¿qué valores considera imprescindibles para reconstruir espacios de encuentro y convivencia entre quienes piensan distinto?

 

(R): Vivimos tiempos de polarización en los que parece cada vez más difícil encontrar puntos de encuentro. Por eso creo que es fundamental anteponer el bien común a los intereses particulares o partidistas.

 

Escuchar, dialogar y argumentar con respeto quizá no estén de moda, pero son herramientas imprescindibles para construir una convivencia sólida. Debemos recuperar la capacidad de hablar con quienes piensan de manera diferente sin convertir la discrepancia en enfrentamiento.

 

 

(P): Recibirá una de las máximas distinciones de la UPSA rodeada de estudiantes, profesores y miembros de la comunidad universitaria. ¿Qué mensaje le gustaría dejar especialmente a los jóvenes?

 

(R): Me gustaría animarles a que sean valientes a la hora de defender aquello en lo que creen. Estudian en una universidad católica y, en ocasiones, puede parecer que la corriente social discurre en sentido contrario para quienes tenemos fe.

 

Sin embargo, creo que este es precisamente el momento de vivir nuestras convicciones con naturalidad, sin imponer nada a nadie, pero también sin ocultarlas. Y hacerlo, sobre todo, a través del ejemplo de nuestras propias vidas, procurando ser coherentes y dando siempre lo mejor de nosotros mismos.